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| Foto: Arenadina |
Una fruta convertida en protagonista de un drama, una situación absurda resuelta en pocos segundos o un personaje que repite una frase hasta
convertirse en meme. Fenómenos como la llamada “frutinovela” muestran cómo las redes sociales están transformando las reglas de la narración audiovisual. En un entorno donde deslizar la pantalla toma menos de un segundo, captar la atención se ha convertido en el primer desafío.Sin embargo, el asunto no queda ahí. Más allá del entretenimiento, mirar un video de segundos trae consigo efectos colaterales. Según una investigación de la Universidad de Zhejiang publicada en la revista NeuroImage, ver videos cortos que nos gustan desactiva temporalmente las zonas cerebrales que controlan los impulsos y la fuerza de voluntad. Sin ese "botón de freno" activo, el cerebro entra en un procesamiento automático que nos atrapa en un bucle de consumo del que es muy difícil salir.
Para Alejandro Cujabanty Villada, docente de la Tecnología en Animación y Postproducción Audiovisual de Areandina Pereira, una de las claves del éxito de este formato está en romper con la estructura narrativa tradicional desde el comienzo.
“En lugar de una introducción pausada, se entra directamente al clímax o a un conflicto ridículo pero irresistible, usando ganchos visuales y auditivos súper marcados”, explica. El lenguaje hiperbólico, las personificaciones absurdas y las situaciones dramáticas exageradas permiten generar curiosidad antes de que el espectador decida continuar desplazándose.
Esta lógica, sin embargo, no es completamente nueva. Ríos encuentra antecedentes en formatos audiovisuales breves y en algunas estructuras televisivas de décadas anteriores, así como en recursos narrativos del filminuto y el microcuento.
El video corto también ha modificado la manera de construir personajes. El tradicional esquema de tres actos debe comprimirse en una secuencia capaz de generar impacto casi inmediato.
“Ya no hay tiempo para desarrollar arquetipos complejos; los personajes hoy en día se construyen a través de rasgos ultra reconocibles, frases estribillo y símbolos inmediatos que la gente descifra en menos de tres segundos”, señala Ríos.
La consecuencia es una narrativa que privilegia el dinamismo y mantiene el ritmo de manera constante. El objetivo ya no consiste únicamente en conducir al público hacia un desenlace, sino en evitar que pierda interés durante cada segundo del contenido.
Cuando lo imperfecto funciona
Paradójicamente, una producción visualmente sencilla puede conectar más que una pieza técnicamente sofisticada. La explicación estaría, en parte, en la cercanía que transmite.
Según Ríos, la alta calidad técnica puede generar una sensación de distancia, mientras que una estética “imperfecta” puede percibirse como más genuina y humana. En las redes, el público no necesariamente busca la perfección de una producción cinematográfica, sino sentir que está interactuando con alguien cercano.
Lo absurdo también cumple una función: rompe con la monotonía del contenido que aparece en el feed y genera una sensación de complicidad. El espectador puede sentirse parte de un chiste interno y no solamente consumidor de una pieza audiovisual.
El algoritmo abre la puerta, pero no construye la comunidad
La viralidad depende también de los sistemas de recomendación, que pueden llevar un contenido ante miles de personas. Sin embargo, Ríos considera que la capacidad creativa sigue siendo determinante para conseguir que esas personas permanezcan.
“El algoritmo puede abrir la puerta y mostrarte a miles de personas, pero es el ingenio del creador el que hace que la gente realmente se quede”, afirma.
Para el docente, depender exclusivamente de las tendencias puede producir resultados pasajeros. La construcción de una comunidad requiere una propuesta creativa con identidad y contenidos capaces de trascender el momento viral.
El consumo masivo de videos cortos ha elevado las expectativas sobre el ritmo del contenido audiovisual tradicional. El público puede llegar al cine o a la televisión con una menor tolerancia frente a desarrollos lentos, lo que representa un desafío para quienes crean formatos de mayor duración.
Esto no significa, necesariamente, que las audiencias hayan dejado de interesarse por contenidos profundos. “No significa que la gente rechace lo profundo, sino que exige un gancho más rápido”, sostiene Ríos.
Por eso, convertir una viralidad momentánea en una comunidad sostenible exige ir más allá del impacto inmediato. Cotidianidad, experiencias reales, reflexiones o causas con consecuencias concretas pueden ofrecer contenidos capaces de permanecer después de que desaparezca la tendencia.
En un ecosistema dominado por la velocidad, la paradoja es que para permanecer quizá no baste con ser visto: también hay que tener algo que decir.

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