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| Foto: Presidencia de la República |
Por Humberto Tobón*
La gente que le dio el triunfo a Donald Trump se decepcionó de él y lo castigó con la única arma que tienen los ciudadanos en la democracia, el voto en
contra. Y fue una derrota monumental en las elecciones de medio término. El mensaje fue contundente: “no lo queremos”.Y también quedó claro que no quieren a los republicanos, cuyos congresistas se hincaron ante el poder presidencial y le permitieron toda clase de felonías contra sus electores, muchos de ellos migrantes hispanoparlantes, que fueron perseguidos y maltratados.
El maltrato no sólo fue para esos grupos migrantes, sino también para amplios sectores de la sociedad estadounidense, conducidos inmisericordemente a la pobreza, debido a una crisis económica que ha elevado los precios de la vivienda, la gasolina y los alimentos a niveles inalcanzables para los trabajadores, muchos de los cuales se contaban en la franja de la clase media.
La mayoría de los ciudadanos que acudieron a las urnas no están de acuerdo que Estados Unidos haya sido arrastrado por el criminal israelí Benjamín Netanyahu a una guerra contra Irán. Tampoco le dan respaldo a la imposición de aranceles a decenas de países. La combinación de estas dos situaciones ha desembocado en una inflación descontrolada.
La gente observó con horror cómo el presidente Trump decía querer convertirse en Rey, lo que desató manifestaciones permanentes en todo Estados Unidos bajo el lema “No Kings”. También contribuyó a su derrota, que el mandatario realizara poses y comentarios que ponían en duda su equilibrio mental, llevando a muchos de sus contradictores a afirmar que estaba enfrentando problemas de demencia senil.
Tampoco ha sido de buen recibo la persecución de Trump contra la prensa, vetando el acceso a la información pública de grandes medios de comunicación, lo que se considera como una censura que la tradición de Estados Unidos rechaza de plano. En esta misma dirección está la guerra cultural desatacada desde la Casa Blanca contra las minorías sexuales, el matrimonio igualitario y el aborto. Y, por si fuera poco, hay desaprobación generalizada a las prácticas sexuales de Trump que han sido denunciadas en el marco del escándalo Epstein.
Los beneficios económicos a las grandes multinacionales y a los más ricos promovidos por la administración Trump, en contrataste con las políticas hacia la clase media, los productores agrícolas y los trabajadores urbanos, desató la indignación de los votantes.
Sumado a todo esto, la petición constante de frenar el inmenso poder presidencial, que no fue atendida por el Congreso ni por la Corte, que, en contravía de ese sentimiento generalizado, lo fue invistiendo de más autoridad, mayor mando y alta autonomía.
La experiencia estadounidense ofrece un punto de reflexión para el presidente colombiano Abelardo De La Espriella. Los cuestionamientos a su nivel de aceptación ciudadana, a su estilo de comunicación, a la oportunidad de las decisiones durante la crisis ocasionada por el terremoto y a la conformación de su equipo de gobierno merecen atención. También requieren consideración las críticas a su forma de ejercer la autoridad y a la propuesta de incrementar los impuestos de manera generalizada. Si estas inquietudes no reciben una respuesta adecuada, podrían traducirse en un costo electoral para los partidos que lo respaldan en las elecciones regionales de 2027.
*Economista y Periodista

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