sábado, 23 de agosto de 2025

Dimensiones - El derecho a estar tristes

 Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

Vivimos en una época en la que la sociedad de consumo nos bombardea con mensajes que insisten en que la felicidad debe ser permanente: hay que sonreír en las fotos, mostrar entusiasmo en el trabajo, publicar alegría en las redes sociales. 

Se nos vende la idea de que estar bien todo el tiempo es una obligación y que cualquier sombra de tristeza es señal de debilidad o fracaso. Pero desde las ciencias del comportamiento sabemos que esta visión es irreal y, en muchos casos, dañina. La condición humana es fluctuante. 

Nadie permanece en un mismo estado emocional todo el tiempo. Nuestro cerebro y nuestra vida psíquica funcionan como las estaciones: hay momentos luminosos y cálidos, pero también épocas nubladas y de invierno. La tristeza, lejos de ser un error, es una emoción natural que nos permite procesar pérdidas, adaptarnos a cambios, reflexionar sobre lo vivido y valorar con mayor profundidad lo que tenemos. 

Cuando negamos la tristeza, cuando la reprimimos o intentamos cubrirla con frases superficiales como “sé positivo”, lo que hacemos es alejarnos de nuestra propia humanidad. La tristeza no es enfermedad en sí misma; se convierte en problema solo cuando la sociedad nos obliga a ocultarla, cuando nos da vergüenza compartirla o cuando se prolonga sin recibir apoyo.

La psiquiatría reconoce que las emociones cumplen funciones adaptativas. La tristeza, por ejemplo, nos invita a detenernos, a recogernos y a buscar compañía. Es como una señal que nos recuerda que no tenemos que cargar solos con todo. Al contrario de lo que muchos piensan, mostrar fragilidad no nos hace menos valiosos: nos conecta con los otros de una forma más auténtica. En la vida diaria, todos necesitamos un hombro donde refugiarnos, un espacio donde poder decir sin miedo: “Hoy no me siento bien”. 

Reconocer esta vulnerabilidad y poder compartirla es un acto de fortaleza; de hecho, diversos estudios en ciencias del comportamiento muestran que quienes tienen la capacidad de hablar de su tristeza, de pedir ayuda y de apoyarse en otros, desarrollan una mayor resiliencia y logran superar las crisis con más recursos internos. 

El problema surge cuando se nos exige una felicidad forzada. Este mandato social genera un efecto contrario: aumenta la sensación de soledad, porque quien está triste siente que no encaja, que molesta o que decepciona a los demás. Esa presión puede agravar el malestar emocional y abrir la puerta a problemas más serios como la ansiedad o la depresión.

Por eso debemos reivindicar el derecho a estar tristes, a sentirnos frágiles, a tener días grises, a llorar sin que se nos etiquete de débiles; el derecho a pedir ayuda, a refugiarnos en un amigo, en un familiar o en un profesional de la salud mental. No se trata de glorificar la tristeza, sino de reconocerla como parte inseparable de la vida humana. 

La verdadera salud emocional no está en la sonrisa permanente, sino en la capacidad de abrazar nuestras emociones en toda su gama. Estar tristes a veces es tan legítimo como estar felices, así que al aceptarlo, dejamos de luchar contra nosotros mismos y nos damos permiso para ser humanos de verdad: vulnerables, cambiantes y profundamente auténticos. www.urielescobar.com.co

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