viernes, 12 de diciembre de 2025

Dimensiones - Indiferencia global ante el sufrimiento

 Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

El mundo atraviesa una paradoja inquietante: mientras aumentan los conflictos, los desastres climáticos y el número de personas en situaciones extremas, la voluntad global de ayudar parece disminuir. El último informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU), publicado el 8 de diciembre de 2025 y asociado a su campaña humanitaria para 2026, es una llamada urgente de atención. 

Según el reporte, para 2025 se solicitaron 45.000 millones de dólares con el objetivo de atender emergencias, pero solo se recaudaron 12.000 millones. Es decir, ni siquiera un tercio de lo necesario. Y a este déficit se suma otro desafío alarmante: el incremento de la brutalidad y los ataques contra trabajadores humanitarios, lo que limita aún más la capacidad de llegar a quienes lo necesitan. 

Esta combinación —menos recursos y más violencia— revela un fenómeno profundo que supera lo económico y lo operativo: una creciente apatía global ante el sufrimiento humano. Y vale la pena preguntarse, desde la psicología individual y desde la dinámica social, qué explica esta tendencia.

Diversos estudios en psicología social muestran que los individuos tienden a desconectarse emocionalmente cuando el volumen del sufrimiento ajeno supera su capacidad de procesamiento. Es el llamado “adormecimiento psíquico” o “fatiga por compasión”. El cerebro humano está preparado para reaccionar con empatía frente a rostros cercanos, historias concretas y tragedias individuales; pero cuando el sufrimiento se convierte en cifras masivas —millones desplazados, miles asesinados, números y más números— aparece un mecanismo de defensa: la anestesia emocional. No es maldad, es protección. 

Aun así, sus consecuencias son devastadoras. Por otra parte, desde una perspectiva colectiva, la indiferencia también se nutre de un clima global marcado por la incertidumbre, la polarización política y la confrontación permanente. Cuando las sociedades sienten que su estabilidad está amenazada, tienden a replegarse sobre sí mismas. Predomina un “sálvese quien pueda” que debilita el sentido de comunidad global. Los países priorizan sus tensiones internas y postergan la responsabilidad de apoyar a quienes están más lejos y son más vulnerables. Es un fenómeno que se retroalimenta: cuanto más se percibe el mundo como un lugar caótico, menos disposición hay para el altruismo internacional.

Pero la pregunta sigue abierta: ¿por qué, ante un planeta atravesado por la incertidumbre y el dolor, muchos prefieren no mirar? Tal vez porque mirar duele. Porque observar el sufrimiento ajeno nos conecta inevitablemente con nuestra propia fragilidad. Y, sin embargo, la historia de la humanidad demuestra que las civilizaciones avanzan no solo por su tecnología, sino por su capacidad de compasión. 

En este punto es pertinente recordar una enseñanza atribuida al Buda: “Donde hay un ser vivo en sufrimiento, también sufre mi alma”. Esta frase recoge una intuición universal: la interdependencia. Nadie se salva solo. Un mundo insensible al dolor de los otros termina erosionando los cimientos éticos que permiten la convivencia, la cooperación y la paz. www.urielescobar.com.co

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