Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
Revisar las redes sociales en Colombia se ha convertido, para muchos, en una experiencia emocionalmente desgastante. Abundan los mensajes cargados de intolerancia, burla, amenaza y descalificación hacia el que piensa distinto.
El adversario político ya no es visto como alguien con una postura diferente, sino como un enemigo al que hay que ridiculizar, excluir o silenciar. De esa forma, el análisis crítico de las ideas ha sido reemplazado por el uso de términos ofensivos, que buscan provocar una reacción emocional inmediata, no una reflexión. Este fenómeno se intensifica en contextos preelectorales, cuando ciertos aspirantes al poder descubren que el insulto moviliza más seguidores que el argumento, y que la agresión verbal genera adhesiones más rápido que la complejidad del pensamiento.
Desde la psiquiatría social, estas dinámicas no pueden entenderse únicamente como un problema de mala educación o de pobreza cultural; se trata de procesos psicológicos y sociales más profundos. En contextos de incertidumbre, frustración y miedo, las personas tienden a buscar explicaciones simples para realidades complejas.
Los discursos polarizantes ofrecen justamente eso: un relato donde hay buenos y malos, víctimas y culpables, salvadores y enemigos. Al activar emociones primarias, como la rabia o el resentimiento, se reduce la capacidad de análisis crítico y se facilita la adhesión acrítica a mensajes que, en otros espacios, resultarían inaceptables.
Por eso, no sorprende que este tipo de discursos logre calar incluso en personas con niveles educativos medios o altos. La formación intelectual no inmuniza frente a la manipulación emocional. Cuando un mensaje conecta con temores, frustraciones o deseos de pertenencia, puede suspender temporalmente el juicio racional.
La validación grupal, amplificada por las redes sociales, refuerza esta dinámica: insultar al adversario se convierte en una forma de identidad y de lealtad al grupo, mientras que dudar o matizar es visto como traición. Ante esta pugnacidad creciente, una tarea fundamental es aprender a “no tragar entero”. Esto implica someter los discursos políticos al análisis crítico, revisar datos, identificar falacias y desconfiar de los mensajes que buscan conmover sin ofrecer argumentos verificables.
La evidencia científica ha mostrado cómo los mensajes puramente emotivos, cuando no están respaldados por la lógica y la evidencia, tienden a exacerbar la polarización y a deteriorar el tejido social. Cuidarse de estos mensajes no es frialdad ni indiferencia; es una forma de autocuidado y responsabilidad ciudadana.
La diversidad de opiniones no es una amenaza para la democracia, sino su condición de posibilidad. Deshumanizar al que piensa distinto, reducirlo a un insulto o negarle la palabra no solo empobrece el debate público, sino que normaliza formas de violencia simbólica que terminan justificando agresiones mayores.
En una sociedad que aspire a la salud mental colectiva, el respeto por la diferencia no es un gesto moral abstracto; es una condición indispensable para reducir la violencia, fortalecer el lazo social y construir un futuro común donde el desacuerdo no sea sinónimo de enemistad. www.urielescobar.com.co
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