sábado, 17 de enero de 2026

Dimensiones - Aceptar la realidad

 Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

Aceptar la realidad no significa resignarse ni renunciar a transformar lo que puede cambiarse. Significa, ante todo, reconocer lo que está ocurriendo aquí y ahora, sin negar los hechos ni luchar inútilmente contra aquello que escapa a nuestro control. 

Desde tiempos antiguos, las grandes tradiciones espirituales y filosóficas, y hoy las neurociencias y las ciencias de la mente, coinciden en una idea esencial: no aceptar la realidad es una fuente central de sufrimiento humano. 

El Buda lo expresó con claridad hace más de dos milenios por medio de las Cuatro Nobles Verdades. Veamos las dos primeras. Una reconoce la existencia del sufrimiento; la otra señala su causa principal: el apego y la aversión, es decir, el deseo de que la realidad sea distinta de lo que es. Solemos aferramos a lo placentero y rechazamos lo doloroso, olvidando así que todo es impermanente; por eso, cuando la vida no se ajusta a nuestras expectativas —una pérdida, una enfermedad, una ruptura, una injusticia—, la mente entra en conflicto con los hechos. Y ese choque interno es, para el budismo, el núcleo del sufrimiento psicológico.

La filosofía estoica, desarrollada por pensadores como Epicteto, Séneca y Marco Aurelio, llegó a una conclusión sorprendentemente similar:  hay que distinguir con rigor entre lo que depende de nosotros y lo que no. Nuestros juicios, actitudes y decisiones están bajo nuestro control; mas los acontecimientos externos, no. Sufrimos, decía Epicteto, no por lo que nos sucede, sino por la interpretación que hacemos de ello. 

Negarnos a aceptar lo inevitable —el paso del tiempo, la fragilidad del cuerpo, la conducta ajena— nos condena a una lucha perdida de antemano. Las neurociencias modernas aportan hoy evidencia empírica a estas intuiciones milenarias. Sabemos que el cerebro humano tiende a anticipar, comparar y resistirse a lo inesperado. 

Cuando una situación no deseada se presenta y la mente insiste en negarla, se activan circuitos relacionados con el estrés crónico, como el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal. La rumiación constante, el “por qué a mí” o el “esto no debería estar pasando” mantienen al sistema nervioso en estado de alerta, lo cual favorece la ansiedad, la depresión y diversas enfermedades psicosomáticas.

Aceptar la realidad, desde esta perspectiva científica, no es pasividad, sino una estrategia de regulación emocional. Prácticas como la atención plena, inspiradas en la meditación budista y hoy ampliamente estudiadas, muestran que cuando una persona observa la experiencia tal como es —sensaciones, pensamientos, emociones—, sin juzgarla ni rechazarla, disminuye la reactividad del cerebro emocional y se fortalece la corteza prefrontal, asociada a la toma de decisiones y al autocontrol. 

Aceptar reduce el sufrimiento innecesario y libera energía mental para actuar con mayor sabiduría. No aceptar la realidad implica gastar enormes recursos psíquicos intentando cambiar lo incambiable. Aceptar la realidad es un acto profundo de madurez espiritual y psicológica. Al reconocer lo que es, sin negación ni autoengaño, disminuye el sufrimiento y se abre la posibilidad de una vida más serena, consciente y verdaderamente libre. www.urielescobar.com.co

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