Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
Dialogar contigo mismo no es un signo de rareza ni de debilidad mental. Es, en realidad, una de las actividades más constantes y determinantes de la vida psíquica.
Desde que despertamos hasta que nos dormimos, nuestra mente produce pensamientos de manera ininterrumpida. Las neurociencias
han comenzado a medir con mayor precisión este fenómeno: un estudio conocido como el de los “gusanos de pensamiento”, realizado en 2020 por investigadores de la Universidad de Queen en Canadá, estimó que un ser humano promedio tiene diariamente alrededor de 6.200 pensamientos. Esta cifra, lejos de ser anecdótica, nos obliga a reflexionar sobre la calidad de ese diálogo interior y su impacto en nuestra salud mental, pues no todos esos pensamientos son neutrales o constructivos.Diversas investigaciones apoyadas por instituciones como la National Science Foundation sugieren que cerca del 80 % de los pensamientos cotidianos tienden a ser negativos y que alrededor del 95 % son repetitivos, es decir que hoy pensamos prácticamente lo mismo que ayer. Esto tiene una explicación: el cerebro está diseñado para anticipar amenazas, aprender de la experiencia pasada y ahorrar energía. El problema surge cuando este mecanismo, útil para la supervivencia, se convierte en un circuito cerrado de rumiación, autocrítica y preocupación constante.
El neurocientífico y psiquiatra Giulio Tononi, creador de la Teoría de la Información Integrada, ha mostrado cómo la conciencia emerge de la integración de múltiples redes neuronales. Cuando estas redes se activan de manera rígida y repetitiva, el contenido de la conciencia también se vuelve rígido. Así, una mente atrapada en pensamientos negativos recurrentes no solo interpreta la realidad de forma distorsionada, sino que termina generando un estado emocional acorde con ese diálogo interno: ansiedad, tristeza, irritabilidad o sensación de vacío.
Un ejemplo claro del poder de los pensamientos es el estudio clásico de la Universidad de Cornell, en el que se les pidió a personas que registraran sus preocupaciones durante varias semanas. Los resultados fueron reveladores: el 85% de aquello que les preocupaba nunca llegó a ocurrir. Y del 15% que sí ocurrió, el 79% de los participantes descubrió que podía manejar la situación mejor de lo que esperaba o que la experiencia les había dejado un aprendizaje valioso. Este hallazgo confirma algo que la clínica psiquiátrica observa a diario: no sufrimos tanto por los hechos, como por las historias que nuestra mente construye anticipadamente.
Dialogar contigo mismo de manera saludable no significa eliminar los pensamientos negativos, algo que no es posible ni deseable. Significa aprender a relacionarte con ellos de otra forma. Las evidencias muestran que observar el pensamiento, cuestionar su veracidad y evitar identificarte completamente con él reduce su impacto emocional. Preguntarte si ese pensamiento es un hecho o una interpretación, si aporta una solución o solo añade sufrimiento es un primer paso hacia una mayor serenidad interior. Cultivar un diálogo interno más amable y consciente es, en esencia, un acto de cuidado de la salud mental. www.urielescobar.com.co
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