Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
Jaime llegó a consulta visiblemente afectado. Su voz oscilaba entre la rabia y la tristeza. “Tengo 52 años”, dijo, “y durante 14 estuve en una relación con una mujer a la que amé profundamente.
La apoyé, la ayudé a terminar su carrera, procuré que viviera mejor. Hace tres meses decidió irse del país y terminar conmigo. ¿Usted se imagina cómo me siento? ¿Por qué alguien hace algo así? ¿Qué hago ahora con mi vida?”. Quien haya experimentado una ruptura, una pérdida o una decepción reconocerá ese tipo de dolor. Estas experiencias activan sistemas emocionales profundos del cerebro.
El rechazo o la pérdida afectiva puede sentirse incluso como un dolor físico. No es debilidad ni exageración: es parte de nuestra biología y de nuestra condición humana. En ese momento de la conversación, el terapeuta invitó a Jaime a reflexionar sobre una enseñanza antigua atribuida a Buda: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”. Esta idea proviene de una conocida parábola llamada La historia de los dos dardos. Según esa metáfora, en la vida todos recibimos un primer dardo; se trata de aquello que no podemos evitar: una enfermedad, una pérdida, un fracaso, una traición o una ruptura amorosa. Nadie está completamente a salvo de estas experiencias. Forman parte de la existencia.
Pero después aparece el segundo dardo; ese no lo lanza el mundo, lo lanza nuestra propia mente. Surge cuando comenzamos a preguntarnos obsesivamente “¿por qué a mí?” y a repetirnos constantemente “no es justo”, “mi vida ya no tiene sentido”, hasta convencernos de que “nunca voy a recuperarme.” También aparece cuando nos quedamos atrapados en la culpa, la rabia o la autocompasión. Ese segundo dardo no siempre es consciente, pero prolonga y amplifica el dolor inicial.
Desde la Psiquiatría, esta enseñanza tiene mucho sentido. Sabemos que la manera en que interpretamos lo que nos ocurre influye directamente en la intensidad y duración del sufrimiento. No siempre podemos controlar los acontecimientos, pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra forma con ellos. Esto no significa negar el dolor ni reprimir las emociones. Al contrario.
La salud mental implica reconocer lo que sentimos: tristeza, enojo, miedo o decepción. Jaime tenía derecho a sentirse así: había invertido años de su vida en una relación significativa. Pretender que “no debería doler” sería poco realista.
En consulta, muchas personas descubren que gran parte de su sufrimiento proviene de luchar contra la realidad. La mente insiste en que las cosas deberían haber sido diferentes; sin embargo, aceptar lo ocurrido —aunque duela— suele ser el primer paso para sanar.
Hoy la ciencia respalda estrategias que ayudan a evitar ese “segundo dardo”: la psicoterapia, la regulación emocional, el apoyo social y prácticas de atención plena. Todas buscan algo sencillo pero poderoso: aprender a observar los pensamientos sin quedar prisionero de ellos. Con el tiempo, Jaime comenzó a comprender algo importante: la ruptura había sido dolorosa, sí, pero su vida no estaba definida únicamente por ese evento, todavía había proyectos, vínculos, aprendizajes y posibilidades. No siempre podemos evitar el primer dardo, pero sí podemos aprender a no clavarnos el segundo. Y en esa diferencia comienza la verdadera recuperación. www.urielescobar.com.co
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