sábado, 7 de febrero de 2026

Dimensiones - La herida invisible: estigma y autoaceptación

 Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

En la práctica psiquiátrica diaria, a menudo nos enfrentamos a heridas que no se ven a simple vista, pero que paralizan la vida con la misma fuerza que una enfermedad física. 

Hace pocos días llegó a mi consulta Beatriz, una joven de 16 años cuya realidad se ha visto reducida al aislamiento y al silencio; el motivo no es una patología orgánica, sino el peso insoportable de no poder aceptarse a sí misma. 

Entre lágrimas, relató cómo años de burlas sistemáticas por el tamaño de su nariz, coronados por el rechazo de su novio bajo la presión del entorno social, la llevaron a creer que su única salvación era una cirugía estética o, en el peor de los casos, desaparecer definitivamente para interrumpir su sufrimiento. Este caso es un ejemplo desgarrador de lo que denominamos estigma internalizado o autoestigma, un proceso psicopatológico donde el individuo termina validando y adoptando como verdades absolutas los juicios despectivos de los demás. 

En la adolescencia, la identidad es un cristal en formación, extremadamente sensible a la mirada externa; cuando la comunidad lanza piedras en forma de críticas estéticas, se produce el fenómeno del espejo roto. El joven deja de percibir su imagen de forma integral y comienza a verse a través de fragmentos distorsionados. 

Esta fragmentación se ve agravada por la percepción selectiva, un sesgo cognitivo donde el cerebro, agotado por el rechazo social, hiperfocaliza la atención exclusivamente en el rasgo señalado como "defectuoso". 

Para Beatriz, ella ya no es una estudiante, una hija o una joven con futuro; su identidad entera ha sido secuestrada por una nariz que el entorno decidió convertir en motivo de burla. Es fundamental comprender, desde el rigor médico, que el bisturí tiene límites claros: puede modificar el cartílago y el hueso, pero no tiene la capacidad de sanar la estructura del alma ni de extirpar el autoestigma. 

Si no se aborda la raíz del conflicto —la descalificación que ella aceptó como propia—, la insatisfacción suele migrar hacia otra parte del cuerpo tras la operación, manteniendo a la persona en un ciclo infinito de autorrechazo. Para romper estas cadenas, es imperativo que la familia y la sociedad dejen de ser cómplices silenciosos del estigma. Afrontar los señalamientos requiere, en primer lugar, ayudar al adolescente a identificar la "voz intrusa", pues esa narrativa interna que le dice que no es valioso no es propia, sino que es el eco de la crueldad ajena. 

Debemos fomentar una educación emocional que priorice la dignidad del ser sobre la estética impuesta, fortaleciendo la resiliencia para que el joven aprenda que su valor es intrínseco y no negociable. El cierre de esta herida invisible no ocurre en un quirófano, sino en el espacio valiente de la terapia y con apoyo afectivo; ahí se reconstruye el espejo para que Beatriz, y tantos otros como ella, puedan volver a mirarse sin miedo.

Solo cuando la persona logra desvincular su identidad de la mirada del agresor, recupera la libertad de habitar su propio cuerpo. La verdadera sanación comienza el día en que el adolescente comprende que no necesita cambiar su rostro, sino fortalecer su espíritu para caminar por el mundo con la frente en alto.  www.urielescobar.com.co

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