viernes, 13 de marzo de 2026

Dimensiones - Existimos para crear, no para destruir

 Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

El momento histórico que vive la humanidad parece recordarnos, con dolorosa insistencia, una verdad incómoda: el ser humano tiene una extraordinaria capacidad para crear…, pero también para destruir. 

Los enfrentamientos armados, las invasiones y las guerras declaradas entre naciones mantienen al mundo en una tensión permanente, alimentando la incertidumbre de una posible conflagración global. La guerra entre Rusia y Ucrania, iniciada en febrero de 2022, es un ejemplo. Las cifras estremecen: más de 12.600 civiles muertos, 29.000 heridos, cerca de 600.000 soldados fallecidos y alrededor de 5.9 millones de personas desplazadas de sus hogares. 

Detrás de cada número hay historias, familias y proyectos de vida abruptamente interrumpidos. Y cuando parecía que el mundo apenas lograba dimensionar el sufrimiento provocado por ese conflicto, una nueva escalada bélica se sumó al escenario internacional, involucrando a Estados Unidos, Israel e Irán. Las estadísticas nuevamente hablan con crudeza: más de 1200 personas muertas, alrededor de 10.000 heridas y ciudades enteras devastadas por los bombardeos. 

Ante este panorama surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre en la mente humana para que se repitan una y otra vez estos ciclos de violencia? Desde la perspectiva de la Psiquiatría, la agresividad forma parte del repertorio biológico del ser humano. Es una energía primaria que, en condiciones normales, cumple funciones adaptativas: proteger la vida, defender el territorio o reaccionar ante una amenaza. Sin embargo, cuando esa energía se desregula o se canaliza mediante ideologías de odio, fanatismo o dominación, puede transformarse en violencia destructiva. 

La historia demuestra que los conflictos colectivos suelen alimentarse de procesos psicológicos profundamente humanos: el miedo al otro, la construcción de enemigos imaginarios, la polarización extrema y la deshumanización del adversario. Cuando un grupo deja de ver al otro como un ser humano y comienza a verlo como una amenaza absoluta, la violencia se vuelve más fácil de justificar. 

Pero hay otra verdad fundamental: la mente humana no está diseñada únicamente para la destrucción. De hecho, nuestra especie ha sobrevivido y evolucionado gracias a capacidades mucho más poderosas que la agresión: la cooperación, la empatía, la creatividad y la capacidad de construir cultura.

Si observamos el desarrollo de la humanidad, veremos que las mayores conquistas humanas no surgieron de la guerra, sino de la creación: la ciencia, el arte, la medicina, la educación, la filosofía y las instituciones que buscan proteger la vida.

Desde una perspectiva evolutiva, el ser humano está llamado más a crear que a destruir. Esto implica reconocer que cada persona, incluso lejos de los escenarios de guerra, participa de la construcción del mundo en el que vive. 

Las sociedades no se transforman únicamente desde los grandes centros de poder. En última instancia, el sentido profundo de nuestra presencia en este breve fragmento de espacio y tiempo no es destruir lo que existe, sino participar activamente en la creación de un espacio más humano.

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