Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
Durante mucho tiempo, la palabra liderazgo se asoció casi exclusivamente con mando, jerarquía, competencia y autoridad vertical.
En muchas culturas, incluso hoy, sigue imaginándose a quien lidera como alguien que impone, controla y domina. Sin embargo, desde la óptica de la Psiquiatría social, esta visión resulta limitada. Las comunidades humanas no solo avanzan por la fuerza, sino también por la capacidad de cuidar, sostener vínculos, crear confianza y transformar conflictos. En ese terreno, el liderazgo femenino ha representado una forma profunda de resistencia y cambio.
Cuando hablamos de liderazgo femenino no nos referimos únicamente a mujeres que ocupan cargos públicos, empresariales o institucionales; hablamos de una manera de estar en el mundo, de mujeres que lideran hogares, barrios, procesos sociales, equipos de trabajo, escuelas y comunidades enteras sin necesidad de títulos visibles. Ellas también lideran cuando contienen emocionalmente a otros en momentos de crisis, cuando organizan redes solidarias, cuando defienden derechos o cuando impulsan proyectos colectivos desde el compromiso cotidiano.
En ese sentido, la salud mental depende de factores individuales y también de condiciones sociales, económicas y culturales. Desde esta perspectiva, el liderazgo femenino ha sido históricamente un factor protector en múltiples contextos.
En comunidades golpeadas por la violencia, la pobreza o el desplazamiento, con frecuencia son mujeres quienes reconstruyen el tejido social, mantienen la esperanza y promueven la cooperación. No siempre aparecen en los titulares, pero sostienen la vida diaria.
Diversas investigaciones en Psicología organizacional y Neurociencias sociales muestran que estilos de liderazgo basados en la empatía, la escucha activa y la colaboración favorecen climas emocionales más sanos, reducen conflictos destructivos y aumentan la cohesión grupal.
Investigadores como Daniel Goleman han destacado que la inteligencia emocional —capacidad de reconocer y gestionar emociones propias y ajenas— es clave para liderar con eficacia. Estas competencias, tradicionalmente menos valoradas que la agresividad o la competitividad, hoy son reconocidas como esenciales.
El liderazgo femenino también puede entenderse como resistencia frente a modelos de poder que premian la dureza extrema, el individualismo y la desconexión emocional. Resistir no siempre significa confrontar de manera ruidosa. A veces significa persistir, cuidar, educar, acompañar y construir alternativas.
Una madre cabeza de hogar que sostiene a su familia, una docente que inspira a sus estudiantes, una lideresa comunitaria que media en conflictos barriales o una profesional que transforma la cultura laboral ejercen formas reales de liderazgo. En salud mental colectiva, las sociedades necesitan liderazgos capaces de unir firmeza con sensibilidad, decisión con escucha y autoridad con humanidad.
Reconocer el liderazgo femenino no es un gesto simbólico, es una necesidad social. Allí donde una mujer crea confianza, protege la dignidad de otros y moviliza cambios sin destruir vínculos está ocurriendo algo valioso: una transformación silenciosa que fortalece la salud mental de todos. www.urielescobar.com.co
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