sábado, 23 de mayo de 2026

Dimensiones - El temor del sentir

 Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

“Yo no soy afectuosa, no soy zalamera, no me gusta estar consintiendo y tampoco que lo hagan conmigo”. Expresiones como estas son frecuentes en la consulta clínica. 

También solemos escuchar frases como: “No nací para vivir en pareja”, “defiendo demasiado mi libertad” o “si uno demuestra mucho cariño, la otra persona se aprovecha”. Detrás de estas afirmaciones, muchas veces no existe frialdad emocional verdadera, sino miedo al vínculo, dificultad para expresar afectos y una historia emocional aprendida desde la infancia. Esto le ocurrió a Inés, una mujer de 45 años que llegó profundamente angustiada a consulta, porque su esposo, después de quince años de relación, le manifestó que ya no soportaba más su indiferencia afectiva. Ella reconocía que amaba a su pareja, aunque también admitía que desde niña le costaba manifestar su cariño. Su madre había sido igual con su padre: distante, poco expresiva y emocionalmente contenida. Con lágrimas en los ojos preguntó: “¿Pero cómo hago si a mí no me nace ser afectuosa?”. La pregunta de Inés refleja una realidad que hoy estudian la Psiquiatría, la Psicología y las neurociencias: muchas personas no aprendieron a identificar, expresar o regular adecuadamente sus emociones. Esto no significa que no sientan. Por el contrario, suelen sentir profundamente, pero han desarrollado mecanismos de defensa que bloquean la expresión emocional por temor al rechazo, la vulnerabilidad o el sufrimiento. 

El psicólogo y periodista científico Daniel Goleman popularizó el concepto de inteligencia emocional, entendido como la capacidad para reconocer las propias emociones, comprender las de los demás y relacionarse de manera saludable. Según sus investigaciones, una persona emocionalmente inteligente no es la que “controla” lo que siente reprimiéndolo, sino aquella que puede identificar sus emociones, expresarlas adecuadamente y manejarlas sin hacerse daño ni dañar a otros. 

Muchas veces, la baja expresividad emocional tiene raíces tempranas: niños criados en ambientes donde no se habla de sentimientos, donde las muestras de afecto son escasas o donde expresar emociones es visto como debilidad aprenden a desconectarse emocionalmente. Con el tiempo, esa desconexión puede convertirse en un estilo de vida. El problema es que las relaciones humanas necesitan cercanía emocional para sobrevivir.

Las neurociencias muestran que el cerebro humano está diseñado para el vínculo afectivo. El afecto, el contacto emocional y la empatía activan circuitos cerebrales relacionados con la seguridad, la confianza y el bienestar psicológico. Las personas que viven permanentemente a la defensiva emocional suelen experimentar más ansiedad, sensación de soledad y dificultades en sus relaciones interpersonales. La buena noticia es que la inteligencia emocional puede desarrollarse. 

Aprender a expresar afecto no depende solamente de “que nazca”, sino también de entrenar nuevas formas de comunicación emocional. Esto implica reconocer lo que sentimos, aprender a hablar de ello, validar las emociones de otros y permitirnos ser vulnerables sin vivirlo como una amenaza. Expresar afecto no debilita; humaniza. www.urielescobar.com.co

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