Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
Hay frases que, aunque sencillas, contienen verdades que la ciencia ha tardado años en demostrar. Una mujer de 34 años, a quien llamaré Leydi, me dijo durante su primera consulta: "Doctor, cuando estoy tranquila casi no me duele el cuerpo; pero cuando vuelven los problemas, el dolor regresa como si nunca se hubiera ido".
Aquella confesión vale más que muchos exámenes de laboratorio. Dos años antes le habían diagnosticado fibromialgia; lo confirmaron varios especialistas: probablemente tendría que convivir con el dolor durante toda la vida y los analgésicos formarían parte de su rutina diaria. Nadie parecía estar interesado en la cuestión que más la angustiaba: ¿por qué el dolor desaparecía precisamente cuando recuperaba la tranquilidad? Durante mucho tiempo la medicina buscó el origen del dolor exclusivamente en los músculos, las articulaciones o los nervios.
Hoy sabemos que esa mirada resulta insuficiente: las neurociencias han demostrado que no nace únicamente en el cuerpo; también es una construcción del cerebro, influida por las emociones, el estrés, la calidad del sueño, las experiencias traumáticas e incluso por la manera como interpretamos lo que vivimos.
La fibromialgia es una condición clínica real. No se debería minimizar el sufrimiento de quienes la padecen. Sin embargo, debemos reconocer, con honestidad científica, que en las últimas décadas se ha sobrediagnosticado en algunos escenarios clínicos. Con frecuencia, detrás de ese dolor persistente encontramos historias de ansiedad, depresión, violencia, pérdidas afectivas, agotamiento emocional o años de vivir en estado de alerta.
Las investigaciones más recientes describen un fenómeno conocido como sensibilización central. Dicho de manera sencilla: el cerebro mantiene encendido el sistema de alarma incluso cuando el peligro ya no está presente. Por eso, el volumen del dolor permanece elevado; no porque la persona imagine el sufrimiento, sino porque su sistema nervioso ha aprendido a reaccionar con una intensidad desproporcionada. Sí, el dolor es real; lo que cambia es la forma como el cerebro lo procesa.
Quizá por eso algunas personas descubren, con sorpresa, que una conversación agradable, unas vacaciones, una buena noche de sueño o un abrazo alivian más que una dosis adicional de analgésicos. Y no es milagro, es neurobiología. El problema es que, muchas veces, la Medicina trata el cuerpo mientras deja sola a la mente.
Como psiquiatra, cada vez estoy más convencido de que escuchar puede ser tan importante como prescribir. Muchas personas no necesitan que alguien les repita cuánto duele su cuerpo; necesitan que alguien les pregunte cuánto ha dolido su vida.
Allí empieza, con frecuencia, el verdadero tratamiento. Leydi continúa teniendo días difíciles, pero ya no vive prisionera del diagnóstico. Aprendió que cuidar sus emociones no es un lujo, sino una forma de tratamiento. Descubrió que la serenidad tiene efectos biológicos, y quizá esa sea una de las enseñanzas más hermosas de la medicina moderna: cuando el cerebro deja de vivir en guerra consigo mismo, el cuerpo, poco a poco, empieza a firmar la paz. www.urielescobar.com.co
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