Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
Como psiquiatra y analista social, observo con cautela el optimismo que sigue al acuerdo firmado el 10 de octubre de 2025 entre Israel y Hamás, impulsado por la mediación estadounidense.
Ese alivio es necesario, pero no basta. El conflicto comenzó con un ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023 que, según registros oficiales, dejó alrededor de 1200 muertos y 251 rehenes, heridas que siguen abiertas en familias y vecindarios.
La respuesta militar y el asedio en Gaza ampliaron el daño: conteos locales y organismos humanitarios hablan de más de 67.000 fallecidos y una destrucción masiva que hace de la reconstrucción un reto titánico. A consulta, las personas traen memorias de horror que atraviesan generaciones: padres que no pudieron enterrar a sus hijos, madres que regresan después de meses sin noticias, comunidades desarraigadas. Estos relatos no desaparecen con un tratado; se transforman o se enquistan.
La retórica de ultimátum y exterminio, pronunciada públicamente en ocasiones recientes por actores internacionales y nacionales, alimenta una psicología de la aniquilación que impide la empatía y la escucha necesaria para la sanación psicológica y emocional.
La experiencia en salud mental comunitaria indica caminos posibles: reconocimiento público del daño, comisiones de memoria que permitan narrativas plurales, proyectos educativos conjuntos y terapias comunitarias que trabajen el duelo y la transmisión intergeneracional del odio. Es preciso acompañar a los sobrevivientes con intervenciones que integren psicoterapia, apoyo comunitario y programas de formación laboral; sin ellos, la desesperanza puede radicalizar posturas.
La investigación en reconciliación muestra que encuentros repetidos y estructurados entre víctimas y perpetradores —con garantías y acompañamiento— pueden disminuir la necesidad de revancha. Las políticas públicas deben combinar medidas de seguridad con proyectos de reparación y desarrollo local que cambien incentivos y reduzcan la dependencia de la violencia como medio de supervivencia.
Sin transformación material, cualquier acuerdo es frágil. La diplomacia internacional puede facilitar recursos y garantías, pero no sustituye el trabajo relacional que transforma identidades enemigas. La intervención que no incluya programas vastos de salud mental, rehabilitación y reconstrucción social corre el riesgo de ser apenas una pausa.
El intercambio de prisioneros y las tensiones sobre la devolución de cuerpos muestran la fragilidad de los acuerdos y la necesidad de procesos verificados y acompañados por actores neutrales, porque sin transparencia la desconfianza rebrota. No es un romanticismo: la seguridad y la justicia deben cumplirse. Pero la seguridad pretendida por la coacción no sustituye el trabajo psicosocial reparador.
Si se ignoran las heridas psíquicas y comunitarias, los relatos de venganza se transmitirán como mandato moral a las nuevas generaciones. La única alternativa de una paz duradera es un trabajo en profundidad para que Israel y el grupo de Hamás sanen sus heridas, fruto de tantos años de confrontación, y aprendan a aceptarse entre sus diferencias. ¡Qué reto tan inmenso!www.urielescobar.com.co
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