Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
En la costa Caribe colombiana, la expresión "Ajá, ¿y qué?" tiene dos connotaciones. Una es la indiferencia desafiante, la que cierra puertas. Otra, muy distinta, es la preocupación genuina: "Ajá, ¿y qué? ¿Cómo va tu vida?".
Como observador y analista de los fenómenos que se mueven en la sociedad, analizo hoy una peligrosa tendencia a imponerse en nuestra democracia el primer significado: a los ciudadanos bien informados, en el fondo, no les importan las peleas entre candidatos. Y tienen razón. Las encuestas y el diálogo de calle lo confirman: esta franja de población no pregunta por los insultos, los videos editados o las frases sacadas de contexto. La gente pregunta por el empleo, la salud, la seguridad, la educación.
Ante un espectáculo de ataques personales, este electorado responde, con justa fatiga: "Ajá, ¿y qué? ¿Eso resuelve mis problemas?". Como psiquiatra, sé que el cerebro humano prioriza las amenazas reales. El hambre, el miedo, la incertidumbre activan la amígdala. Los ataques personales entre políticos, en cambio, se procesan como ruido de fondo. El problema es que ese ruido ha secuestrado la campaña. Los candidatos —casi todos los de mayor protagonismo en las encuestas— han dedicado más minutos a descalificarse que a explicar cómo sacarán adelante el país.
Eso es grave. No por los candidatos en sí, sino por nosotros. Cuando el debate público se convierte en un ring de insultos, la ciudadanía se desconecta. Y una sociedad desconectada es una sociedad que se puede dejar guiar por la emocionalidad de los discursos, que no se fundamentan en una propuesta seria de transformación del país.
La indiferencia política crónica lleva a la apatía, y la apatía al vacío de poder que llenan los extremos. Pero recordemos el otro "ajá, ¿y qué?" posible: el que se preocupa. El que pregunta genuinamente "¿cómo va tu vida?" y espera respuesta. Ese es el que necesitamos recuperar. No para aplaudir o silbar a candidatos, sino para recordar algo elemental: los colombianos somos hermanos. No hermanos que piensan igual —eso es un espejo, no una familia—, sino hermanos que aceptan la diferencia.
La Psiquiatría social nos enseña que la salud mental de un país no depende de que todos estén de acuerdo, sino de que sepan disentir sin destruirse. El respeto no es coincidir; es escuchar al otro y decir, con honestidad: "No pienso como tú, pero te reconozco como parte de mi tierra, de mi país".
Así que esta es mi invitación, como médico y como ciudadano: exijamos propuestas, no espectáculos. Ignoremos el ruido con un "Ajá, ¿y qué?" cargado de indiferencia hacia lo superficial, hacia los discursos dirigidos a la emoción y no a la razón, los cuales cuentan con la caja de resonancia de algunos medios de comunicación masivos y las redes sociales que buscan afanosamente un me gusta. Y usemos el mismo "Ajá, ¿y qué?" para preguntarnos de verdad cómo está el otro. Porque al final, el país no lo van a sacar adelante los candidatos solos. Lo sacamos todos, aceptándonos en lo que nos une y, sobre todo, en lo que nos hace diferentes. Es la aceptación del otro en la diferencia lo que construye una auténtica democracia. www.urielescobar.com.co
No hay comentarios:
Publicar un comentario