Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
Hay personas que consumen drogas para celebrar. Otras, para experimentar. Pero existe un grupo que consume para sobrevivir emocionalmente. No buscan la euforia; buscan silenciar el dolor. Joaquín, de 28 años, pertenece a ese grupo.
Desde hace cinco años consume 2CB, conocido en Colombia como tusi, tusibí, nexus o "cocaína rosada". Ha tenido períodos de sobriedad, que rara vez superan los seis meses. Su esposa y sus padres han permanecido a su lado, aunque el cansancio empieza a desbordarlos.
Las promesas de cambio se repiten, pero las recaídas son cada vez más intensas y amenazan su trabajo, su estabilidad económica y su matrimonio. Un día, durante una sesión terapéutica, pronunció una frase que resume el drama silencioso de muchas adicciones: "Doctor, he descubierto que recaigo cuando tengo problemas en la casa, en el trabajo o cuando siento que mi vida no ha sido lo que soñé".
En esas pocas palabras hay más ciencia de la que podría imaginarse. La Psiquiatría sabe desde hace décadas que muchas personas no consumen porque amen las drogas, sino porque detestan el sufrimiento que llevan por dentro. En ese sentido, la sustancia termina convirtiéndose en un analgésico emocional. Y es cierto que durante unos minutos calman la angustia, la culpa o la frustración; pero después, esas emociones regresan con mayor intensidad, acompañadas por el peso de una recaída.
El más reciente Informe Mundial sobre Drogas de Naciones Unidas confirma una realidad inquietante: el consumo de sustancias psicoactivas continúa creciendo en el planeta, impulsado especialmente por la expansión de drogas sintéticas cada vez más potentes y de composición impredecible. Detrás de estas cifras no solo hay mercados ilegales; también hay millones de seres humanos intentando escapar de una realidad que sienten incapaces de soportar.
Vivimos tiempos de incertidumbre: las guerras, las dificultades económicas, el desempleo, la violencia, la sobrecarga de información y la sensación de que el futuro se ha vuelto impredecible generan un estrés constante. El cerebro humano no fue diseñado para permanecer indefinidamente bajo amenaza. Cuando el estrés se prolonga, se alteran los circuitos que regulan las emociones, el autocontrol y la toma de decisiones. En personas vulnerables, esa combinación puede abrir la puerta al consumo como una forma desesperada de encontrar alivio. No obstante, la esperanza también tiene fundamentos científicos.
El cerebro conserva una extraordinaria capacidad para reorganizarse cuando recibe ayuda oportuna: la psicoterapia, el tratamiento psiquiátrico cuando es necesario, el apoyo familiar, los grupos de ayuda mutua, el ejercicio físico, la espiritualidad y la reconstrucción de un proyecto de vida permiten crear caminos para afrontar el sufrimiento sin depender de una sustancia.
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