Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
La soledad no siempre significa estar físicamente solo. Hay personas rodeadas de familiares, compañeros de trabajo o cientos de contactos en redes sociales que, sin embargo, experimentan una profunda sensación de desconexión.
La verdadera soledad es una vivencia subjetiva: aparece cuando sentimos que nadie nos comprende, que no pertenecemos o que nuestras necesidades afectivas no encuentran respuesta. La Encuesta Nacional de Salud Mental de Colombia 2025 deja una señal que merece toda nuestra atención: cerca de uno de cada seis colombianos mayores de 12 años manifestó experimentar sentimientos de soledad o aislamiento.
La situación es aún más frecuente en personas que han perdido a su pareja y en grupos que enfrentan mayores condiciones de vulnerabilidad social, como quienes han sufrido discriminación, migración forzada o las secuelas del conflicto armado. Detrás de estas cifras no hay simples porcentajes: hay vidas que cargan un peso emocional que pocas veces se hace visible.
Desde la Psiquiatría y las neurociencias sabemos que la soledad prolongada no es únicamente una emoción desagradable. El cerebro humano evolucionó para vivir en comunidad, así que cuando una persona percibe que está aislada, se activan los sistemas biológicos del estrés, aumenta la producción de cortisol y el organismo permanece en un estado de alerta que, mantenido en el tiempo, incrementa el riesgo de ansiedad, depresión, trastornos del sueño, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares y una disminución de la esperanza de vida. No obstante, el problema no radica solamente en la ausencia de compañía; con frecuencia, la verdadera soledad surge cuando faltan relaciones significativas.
Vivimos en una época de hiperconectividad digital, pero de creciente desconexión emocional. Intercambiamos mensajes durante todo el día, aunque pocas veces compartimos aquello que realmente sentimos. El individualismo, la fragmentación de las familias, la pérdida de espacios comunitarios y las múltiples formas de exclusión social han debilitado ese tejido humano que protege la salud mental.
La buena noticia es que la soledad puede prevenirse y también aliviarse. La evidencia científica demuestra que la calidad de las relaciones importa mucho más que la cantidad. Cultivar amistades auténticas, fortalecer los vínculos familiares, participar en actividades comunitarias, practicar el voluntariado, integrarse a grupos culturales, deportivos o espirituales y mantener conversaciones profundas son acciones que fortalecen el sentido de pertenencia y protegen el bienestar emocional.
También conviene recordar que pedir ayuda nunca es un signo de debilidad. Cuando la sensación de soledad se vuelve persistente, limita la vida cotidiana o se acompaña de tristeza, desesperanza o aislamiento progresivo, es momento de buscar apoyo en personas de confianza o en profesionales de la salud mental. Nadie debería cargar en silencio el peso de sentirse solo. Tal vez la medicina más poderosa contra la soledad siga siendo la misma que ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes: la certeza de que existe alguien dispuesto a decirnos, con su presencia y su afecto: "No estás solo; aquí estoy contigo". www.urielescobar.com.co
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