viernes, 17 de julio de 2026

Dimensiones - No me creen que estoy triste

  Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

 Hay dolores que se ven. Una fractura obliga a inmovilizar un brazo; una herida deja una cicatriz; una fiebre hace evidente que algo no marcha bien. Pero existen otros

dolores que transcurren en silencio, sin señales visibles, escondidos detrás de una sonrisa forzada o de una rutina que se cumple casi por inercia. 

Son los dolores del alma, los que habitan la mente y que, paradójicamente, suelen despertar más incredulidad que compasión. Como psiquiatra, escucho con frecuencia una confesión que estremece más que el propio diagnóstico: “Doctor, no me creen que estoy triste”. 

Esa incredulidad ha estado secundada por frases que han quedado grabadas como pequeñas heridas emocionales: “Usted no tiene motivos para sentirse así”, “sea agradecido con la vida”, “otros sí tienen problemas de verdad”, “deje la pereza”, “todo está en su mente”, “el único que puede ayudarlo es usted mismo”. Sin proponérselo, quienes pronuncian estas palabras convierten el sufrimiento en culpa, y el dolor en motivo de vergüenza. Este fenómeno se ha denominado invisibilización del sufrimiento emocional: la tendencia social a minimizar o negar aquello que no puede observarse a simple vista.          

Durante siglos se confundió la depresión con debilidad de carácter o falta de voluntad. Hoy sabemos que la ciencia cuenta otra historia. Las neurociencias han demostrado que la depresión es un trastorno complejo en el que participan alteraciones en los circuitos cerebrales encargados de regular las emociones, la motivación, la capacidad de experimentar placer y la respuesta al estrés. 

Cambios en neurotransmisores, procesos inflamatorios y modificaciones en la conectividad entre regiones como la corteza prefrontal, el sistema límbico y el hipocampo ayudan a explicar por qué una persona puede sentirse profundamente abatida incluso cuando, desde afuera, pareciera tener una vida estable. Nadie elegiría dejar de disfrutar aquello que ama, perder la esperanza o despertar cada mañana con el peso invisible de una tristeza persistente. Por eso resulta tan injusto pedirle a quien padece depresión que simplemente "le eche ganas". 

Es como exigirle a alguien con una neumonía que respire profundamente para curarse o pedirle a una persona con diabetes que controle su glucosa únicamente con optimismo. La voluntad es importante, pero cuando el cerebro se enferma también necesita tratamiento, psicoterapia, apoyo familiar y, en muchos casos, medicamentos.

Quizá el tratamiento más urgente no sea únicamente el farmacológico, sino también el cultural. Necesitamos aprender a creerle a quien sufre, escuchar antes de juzgar y comprender que la salud mental merece la misma solidaridad que cualquier otra enfermedad. Una palabra de comprensión puede convertirse en el primer paso hacia la recuperación; una frase de desprecio, en cambio, puede profundizar el aislamiento de quien ya siente que el mundo ha dejado de comprenderlo. 

La visibilización de las alteraciones mentales nos confronta con la necesidad de mover el foco de la pura intervención farmacológica en el consultorio hacia la reconstrucción de vínculos comunitarios y de redes de apoyo locales. 

 www.urielescobar.com.co

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