Por Uriel Escobar Barrios, M.D.
El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, la tierra volvió a recordarnos que aquello que parece más firme puede dejar de serlo en cuestión de segundos.
El sismo de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una profundidad cercana a los 103 kilómetros, ha sido el de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI, según el Servicio Geológico Colombiano. Sus efectos alcanzaron con especial fuerza a Pereira, Cali, Quibdó, Manizales y Armenia. Pero un terremoto no solamente mueve edificios, calles y objetos. También sacude una de las necesidades psicológicas más profundas del ser humano: la sensación de seguridad.
Durante el movimiento, el cerebro interpreta la amenaza de manera casi instantánea. La amígdala activa los circuitos de alarma y el sistema nervioso autónomo aumenta la frecuencia cardíaca, la respiración, la tensión muscular y el estado de vigilancia. Por eso, durante y después de un sismo, son frecuentes el miedo intenso, el llanto, la confusión, los temblores, la sensación de irrealidad, la dificultad para pensar con claridad y la necesidad de permanecer en compañía.
Después llega un segundo terremoto, esta vez psicológico: la incertidumbre. ¿Habrá otra réplica? ¿Mi casa es segura? ¿Dónde están mis familiares? ¿Podré volver a dormir? Durante los primeros días pueden aparecer sobresaltos, insomnio, irritabilidad, ansiedad, recuerdos intrusivos y una vigilancia permanente ante cualquier ruido o movimiento. En muchas personas estas reacciones disminuyen progresivamente cuando recuperan la seguridad, las rutinas y los vínculos. En otras, especialmente cuando hubo lesiones, exposición directa a la muerte, pérdida de vivienda o separación de seres queridos, el sufrimiento puede prolongarse y convertirse en trastorno de estrés postraumático (TEPT), depresión o trastornos de ansiedad.
Una revisión sistemática sobre terremotos encontró que cerca de uno de cada cuatro sobrevivientes puede desarrollar TEPT, aunque el riesgo varía considerablemente según las circunstancias y los recursos disponibles. Por eso no existe una única “etapa psicológica” ni un calendario universal del duelo. Hay personas que reaccionan inmediatamente y otras que parecen fuertes al comienzo y se derrumban semanas después. El cerebro y la mente necesitan tiempo para procesar una experiencia que rompió la continuidad de la vida cotidiana.
Y aquí aparece una pregunta fundamental: ¿con qué reservas psíquicas contamos para reconstruirnos? La respuesta de la Psiquiatría es esperanzadora, aunque no ingenua. La resiliencia no es una cantidad fija de fortaleza almacenada dentro de cada individuo; es un proceso que depende de recursos personales, relaciones afectivas, apoyo comunitario, sentido de vida, experiencias previas, información confiable y condiciones materiales de seguridad.
La reconstrucción de las regiones afectadas no será solamente una tarea de ingenieros, arquitectos y autoridades. También será una tarea de psicólogos, psiquiatras, familias y comunidades. Porque cuando tiembla la tierra, puede temblar la ilusión de seguridad; pero los vínculos humanos, la solidaridad y la capacidad de pedir y recibir ayuda pueden convertirse en el suelo firme desde el cual volver a empezar. www.urielescobar.com.co
Apreciado MD escobar, como siempre, sus criterios aterrizados y concretos, son un bálsamo en estos momentos aciagos.
ResponderEliminarSe fue sin nombre.
ResponderEliminarMarino Muñoz H