viernes, 17 de abril de 2026

Dimensiones - Gestión emocional en momentos de crisis

 Por Uriel Escobar Barrios, M.D.

En tiempos de crisis —personales, familiares o sociales—, las emociones tienden a intensificarse. Ansiedad, miedo, frustración o ira pueden desbordar nuestra capacidad de respuesta. 

La gestión emocional no consiste en suprimir lo que sentimos, sino en comprenderlo, regularlo y utilizarlo de manera adaptativa. Esta capacidad es hoy reconocida como un factor clave para la salud mental y el bienestar integral. La gestión emocional se fundamenta en el concepto de inteligencia emocional, desarrollado por investigadores como Daniel Goleman, Peter Salovey y John Mayer. En términos generales, se refiere a la capacidad de reconocer, comprender y regular las propias emociones, así como interpretar adecuadamente las de los demás. 

Goleman describió cinco componentes esenciales: autoconciencia, autorregulación, motivación, empatía y habilidades sociales. Estos elementos no son rasgos fijos, sino habilidades que pueden desarrollarse a lo largo de la vida. Desde la perspectiva clínica, una crisis pone a prueba precisamente estos componentes: cuando la persona carece de autoconciencia emocional, puede reaccionar impulsivamente; y si falla la autorregulación, las emociones dominan la conducta; y sin empatía, las relaciones se deterioran. Por el contrario, quien han cultivado estas competencias logra responder con mayor equilibrio, incluso en condiciones adversas.

Ahora bien, ¿cómo se puede desarrollar de manera práctica la gestión emocional? En primer lugar, a través del autoconocimiento. Nombrar lo que sentimos es un acto clínicamente poderoso. Identificar si lo que experimentamos es miedo, tristeza o rabia permite diferenciar y modular la respuesta emocional. En segundo lugar está la pausa consciente. Ante situaciones de crisis, el sistema nervioso tiende a activar respuestas automáticas. 

Introducir una pausa —respirar profundamente, tomar distancia— reduce la impulsividad y favorece la toma de decisiones más reflexivas. En tercer lugar, la reestructuración cognitiva. Muchas emociones intensas están asociadas a interpretaciones distorsionadas de la realidad. Cuestionar pensamientos catastróficos o absolutistas permite disminuir la carga emocional. Por último, el apoyo social. Las relaciones humanas actúan como reguladores emocionales naturales. Expresar lo que se siente contribuye a disminuir su intensidad emocional.

Como puede verse, la regulación emocional no es un evento puntual, sino un entrenamiento. Al igual que un músculo, se fortalece con el uso repetido. El manejo inadecuado de las emociones tiene repercusiones significativas: a nivel físico, se asocia con mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, alteraciones del sueño y debilitamiento del sistema inmunológico. 

A nivel psicológico, favorece la aparición de trastornos como ansiedad, depresión o consumo problemático de sustancias. Por eso, en un mundo cada vez más incierto, la verdadera fortaleza no radica en evitar las crisis, sino en desarrollar la capacidad de atravesarlas con equilibrio emocional; porque, al final, no siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos aprender a responder de una manera más consciente y saludable. 
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